El “flagelo” de la migración venezolana como excusa

Migrantes venezolanos fueron enviados por el gobernador de Florida a Martha’s Vineyard

Un dentista que vende su consultorio, equipo, casa y automóvil y emprende un viaje a pie para ingresar a la frontera terrestre de los Estados Unidos; un estudiante perseguido por grupos dentro de Venezuela que aparece en un centro de migración en Basilea, un abogado que logra ser protegido en Bélgica tras huir de Venezuela por la frontera; pueblos indígenas enteros que se mudan a otro país fronterizo como resultado de la violencia y persecución de su grupo étnico; centros de acogida en Madrid que tienen más venezolanos que gente de las costas del norte de África. Las historias de nuestros migrantes son infinitas, y todos conocemos al menos una. A estas historias que nos son cercanas, sumamos las que leemos a diario y cuyos fatales desenlaces copan los titulares al atravesar la selva del Darién, o los linchamientos en ciertos países de la región donde se ha desarrollado la xenofobia a raíz de lo que llamaron el flagelo migratorio de nuestra compañeros ciudadanos. Y a estas historias le sumamos las de los caminantes de los últimos años por la sierra colombiana, y noticias de trata de mujeres y niños, prostitución, secuestros, menores de edad deambulando solos por las calles de Cúcuta, luego de cruzar una pista.

Organismos internacionales especializados arrojan cifras espantosas que ya representan el 20% del total de los 30 millones que éramos. En el balance del exilio ya hemos pasado Siria con 11 años más de guerra civil, o Ucrania, donde se desarrolla la última guerra mundial.

Al drama humano de ser expulsados ​​por la acción de un déspota mafioso, se suma la creciente instrumentalización de nuestro drama por parte de los protagonistas del debate político en los países del hemisferio. Fuimos testigos del episodio más reciente de esta dolorosa saga en los Estados Unidos, donde un grupo de migrantes venezolanos terminó en un rico desarrollo turístico en Massachusetts llamado Martha’s Vineyard. Al igual que en Perú, Chile y Colombia, en Estados Unidos la política de inmigración ocupa un lugar cada vez más importante en la agenda electoral, y en particular en la agenda de los Estados que más personas acogen. Hasta hace poco eran declaraciones demagógicas o una respuesta fantasiosa a un problema grave que tiene muchas vertientes, pero al haber sido tratadas de manera ineficaz, y en algunos casos también de manera populista, se ha creado la tormenta polarizadora perfecta.

En 2015, Angela Merkel permitió que más de un millón de personas de Siria y otros países en conflicto ingresaran a Alemania, generando una profunda controversia nacional que casi le cuesta el trabajo y abrió grietas en su propia izquierda. Su planteamiento surgía como respuesta a la incapacidad de los gobiernos europeos de ponerse de acuerdo en torno a las políticas de acogida y distribución de los demandantes de asilo, y la violencia con la que se trataba al éxodo más grande que había transitado por Europa desde la Segunda Guerra Mundial. Esta crisis se sumó a la crisis del euro y el consiguiente rescate de las economías más frágiles como Grecia, y puso en peligro los tratados de libre circulación de Schengen, así como el propio futuro de la Unión Europea. Pero también asumió esta política de apertura de fronteras a los refugiados sirios, en medio de la emoción que embarga al mundo por la muerte del niño Alan Kurdi ahogado en la costa mediterránea. Merkel dijo que esta medida humanitaria excepcional se debe a la necesidad, como europeos, de estar a la altura de este momento histórico. “Si Europa fracasa en el tema de los refugiados, ya no será la Europa cuyos valores fundacionales se basan en los derechos civiles universales”, habría dicho, añadiendo más tarde: ¡lo conseguiremos!

La evaluación que se hace hoy, siete años después, es que se ha hecho mucho, que se necesitó más que buena voluntad y solidaridad, que fue necesario desarrollar varias políticas, incluida la educación de la población alemana para superar los resentimientos y las dudas naturales, y que incluso este contingente migratorio no ha sido absorbido del todo a pesar de los esfuerzos, y eso que buena parte del país tampoco le ha perdonado este gesto que ha abierto las puertas del parlamento a la ultraderecha alemana. Desde entonces, Alemania ha sido más conservadora en su enfoque del tema, ha promovido con más fuerza la necesidad de que sus colegas europeos asuman su parte de responsabilidad compartida, y que ciertos estados dentro y fuera de la UE apliquen las medidas necesarias previstas. en las leyes europeas para evitar abusos por ambas partes. Además, antes de partir, Merkel reafirmó su posición de que los países europeos en su conjunto deben brindar más financiamiento a los estados que reciben el primer impacto migratorio, como Turquía, Grecia, Italia y España.

Como en el caso de Alemania y Europa, el derecho de asilo está consagrado en la mayoría de las constituciones de los países del hemisferio y estipulado en los tratados internacionales que han firmado y ratificado. Pero el derecho de asilo, o más ampliamente el derecho a la migración, debe ir acompañado de una serie de políticas públicas que van desde la acogida, apoyo y ubicación del migrante, hasta su integración a la vida productiva y social del país de acogida, como el ejemplo de Alemania lo demuestra. Hay ejemplos más recientes con la llegada de refugiados ucranianos a los que gran parte de Europa les ha concedido la residencia temporal. Suiza, por ejemplo, ha integrado a cientos de niños ucranianos en el sistema escolar. Y en Sudamérica, países como Brasil garantizan el traslado de migrantes desde la frontera con Venezuela hacia las ciudades. Esto evita atascos e inseguridad. Además, ofrece a los inmigrantes clases de portugués para facilitar su integración.

Sin embargo, aquí es donde buena parte de los países fallan, en el proceso de recepción, en la asignación de recursos en cantidad suficiente para poder atender con eficacia los casos, en el apoyo a los Estados o entidades fronterizas para evitar su colapso. , en coordinación con agencias humanitarias internacionales que canalicen recursos y conocimiento a las instituciones locales, luego, en políticas de integración de migrantes para evitar que sean una carga para los servicios sociales y de salud. En Estados Unidos, por ejemplo, hay una demora judicial de casi cuatro años para procesar las solicitudes de asilo. La respuesta de la administración estadounidense ha sido crear un vacío legal en el que los solicitantes no tienen una situación legal en el país, pero tampoco son deportados. Esto, lejos de solucionar el problema, genera mayor congestión de servicios y marginación del migrante.

A estas políticas internas hay que sumar las políticas de cooperación internacional, para ayudar a países entrantes como Turquía o México a ser más eficientes en la evaluación de candidatos. En definitiva, lo que ha ayudado en Europa a frenar el flujo de personas de los Balcanes a Alemania es el apoyo económico que se brinda a los países de entrada para que puedan gestionar el impacto directo de estos flujos. De regreso en Estados Unidos, podría considerar alternativas similares con México y países centroamericanos para solucionar el problema de manera integral.

Pero nada de lo que hagan los países de acogida será suficiente para absorber un éxodo de población, si no se detiene a quienes generan el problema, si no asumen sus responsabilidades o no se les responsabiliza por el futuro de sus compatriotas. En el caso de Venezuela, sabemos que se trata de políticas de Estado encaminadas a garantizar ingresos a través de las remesas, desestabilizar a los gobiernos de los países vecinos o llenar de criminales a otros, en el aprovechamiento de sus políticas abiertas.

También sabemos, y así lo atestigua la misión investigadora del Consejo de Derechos Humanos en el informe que acaba de publicarse y que será presentado en la presente sesión, que existe un escenario global de fugas por las políticas del régimen venezolano, y que incluyen, como es lógico, violaciones sistemáticas y generalizadas de los derechos humanos. En otras palabras, el grupo de expertos independientes documenta con pruebas y testimonios que la migración venezolana es dirigida deliberadamente por el aparato estatal.

Por lo tanto, debemos ser enérgicos frente al flagelo real.

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