
Por JOSÉ URRIOLA
Ludwig Wittgenstein afirmó que llamamos identidad a esta historia de nosotros mismos que ha cristalizado en la memoria. Solo somos criaturas hechas de palabras, monstruos armados y organizados en torno a historias. Decirse es organizarse, es también maquillarse.
nada nos pertenece, la primera novela de Samuel Rotter, es un artefacto que desencadena mecanismos de memoria. Y como si de un juego de matrioska se tratase, la estructura de esta novela nos va mostrando poco a poco una historia que encaja en otra, que a su vez encaja en una historia mayor. Como si fuera, valga la metáfora, una película estirada sobre un largo zoom cinematográfico, donde crees estar en presencia de una historia en primer plano, pero cuando luego amplías la mirada, se convierte en todo un plano y luego esta perspectiva se abre de nuevo para descubrir el nuevo panorama que nos muestra el plan general.
Samuel no le teme a la experimentación. Se atreve no solo a jugar con la estructura de la historia sino también con el cruce de géneros. En ocasiones nos encontramos ante un texto que parece autobiográfico, luego indaga en los territorios de lo telúrico, lo histórico, lo social y lo político; luego se sumergió en documentales, luego en narrativas psicológicas que coqueteaban con matices alucinatorios, incluso fantásticos. Y sucede a Samuel Rotter en nada nos pertenece logra magistralmente tejer todas estas piezas y todos estos restos de muy diversa naturaleza.
El ejercicio de Samuel, muy cauto, no es epidérmico y pirotécnico, ya que todo se basa en una mente sólida, en unos personajes que conocemos, nos apegamos a ellos, nos angustiamos por ellos. Cada muñeca matryoshka es entrañable e inquietante al mismo tiempo. Para cada uno de ellos hay también una banda sonora, una carga cromática, una atmósfera muy bien definida, también una obra artística con la que dialoga.
Nos encontramos ante una novela que propone un conflicto entre una fuerza centrípeta (nos adentraremos en la piel y el espíritu de estos personajes) y otra fuerza centrífuga (escuchamos su música, viajamos con ellos por estos paisajes, nos sumergimos nosotros mismos en los cuadros, tienen para ellos un gran valor simbólico). Viajamos como en una cinta de Moebius hacia adentro y hacia afuera al mismo tiempo. Como si el tránsito por estas páginas se asemejara a lo que haríamos dentro de una de estas obras de arquitectura imposible de MC Escher.
nada nos pertenece es una oración que se pronuncia como leitmotiv en momentos cruciales de la novela de Samuel Rotter. En esta frase ciertamente hay un desánimo por todo lo que hemos tenido y perdido. Por todo lo que fuimos y ya no está, o está pero tan borroso que ahora nos resulta irreconocible. nada nos pertenece también es una metáfora del crecimiento y la madurez. Tendemos a pensar que somos nuestras posesiones, nuestro trabajo, nuestro negocio, nuestros padres, que somos cualquier cosa a la que le podamos poner un pronombre posesivo en primera persona. Pero con el amo de la vida, nos damos cuenta de que nada nos pertenece realmente, nada de todo lo que somos, excepto una cosa: nuestra memoria. Ese cargamento de recuerdos, vivencias, olvido, exaltación, embellecimiento, satanización, risa y luto, que cristaliza en una historia que nos da sentido, nos organiza y acaba convirtiéndonos en eso que llamamos identidad. De eso trata esta novela. Y vaya, eso no es nada.
Samuel rotter con nada nos pertenece se muestra como un narrador lúcido y lúdico, singular, arriesgado, auténtico. Alguien para leer definitivamente hoy y hacer un seguimiento de mañana.
