
Teniendo en cuenta la situación actual del país -si realmente comienza a «arreglarse»- amerita revisar una concepción fundamental de la economía, que es la de Bien Público. Un Bien Público (puro) es aquel que, una vez producido, no puede privar a ningún miembro de la comunidad de su consumo. Otra forma de entender esto es que los beneficios que genera no pueden ser totalmente captados (privatizados) por nadie, con exclusión de otros. Por ello, nadie se anima a financiar su producción por sí mismo. Depende, pues, de la voluntad colectiva, que generalmente se asume a través del Estado. La producción de bienes públicos es la función principal del Estado, según los enfoques ortodoxos. Del carácter no privado de su consumo surge el problema del gorrión o polizón: la persona que decide no contribuir a la producción de un Bien Público sabiendo que no puede ser excluido de sus beneficios. Un ejemplo sencillo es el del vecino que se niega a contribuir a la pintura del edificio donde vive oa reparar el ascensor, sabiendo que una vez finalizada esta obra, él también se beneficiará de ella de todos modos. A nivel general, elude su deber cívico como corresponsable de la gestión de los asuntos públicos. La “misa” se asume, a la espera de que la den, el propósito de regímenes como el chavista.
A nivel nacional, los bienes públicos más conocidos son los relacionados con los sistemas de salud y asistencia social, educación, seguridad y protección, así como agua, electricidad, comunicaciones y transporte. Son la sustancia que define la calidad de vida de la población: atención de la salud, mejor educación, seguridad personal, protección de los derechos de los ciudadanos, etc. Al mismo tiempo, promueven la actividad productiva y comercial, proporcionando las denominadas “externalidades positivas”, que reducen los costos de transacción y amplían las oportunidades de negocio. En otras palabras, el disfrute de los bienes públicos por parte de ciudadanos y empresas es la base de su bienestar y prosperidad.
Un gobierno preocupado por el bienestar de la gente se asegurará de que el estado produzca eficientemente bienes públicos en la cantidad, calidad y variedad que realmente desea la sociedad. Tienes que considerar tu costo de oportunidad, porque una propuesta demasiado ambiciosa, ya sea una carretera, una represa, un estadio o cualquier otra cosa, implica restar recursos, por ejemplo, a la educación o la salud. En los países «normales», en los que la producción de bienes públicos se financia con impuestos, tasas o cargos específicos, una persona puede verse motivada a interesarse poco por alguno de ellos en particular, como excusa para evitar ser culpada. Esta tendencia a no revelar verdaderas preferencias por un bien público plantea el problema de cuál debe ser su oferta, si no se conoce su demanda: ¿cuánto gastar en cada uno sabiendo que reduce los recursos disponibles para los demás? ¿Cómo no excederse o evitar estar por debajo? Los libros de texto de economía ofrecen medidas para que las personas revelen sus verdaderas preferencias por estos bienes, pero más allá está la necesidad central de profundizar la democracia para que la toma de decisiones se acerque lo más posible a sus verdaderos deseos.
Por supuesto, el sustento de una adecuada oferta de bienes públicos radica en el buen funcionamiento de las instituciones. Son las normas que determinan los objetivos a perseguir, la adecuación de las organizaciones para optimizar su consecución, el sistema de premios y castigos que contribuyen a ello, el marco y los mecanismos de control para corregir las deficiencias y ajustar los propósitos, y un servicio de la cultura. , transparencia y rendición de cuentas entre quienes tienen responsabilidades al respecto. Son propios de la democracia liberal, basada en el equilibrio y la autonomía de poderes, el estado de derecho y la representación abierta e irrestricta de la voluntad popular.
El problema fundamental en Venezuela hoy es que el desmantelamiento de tales instituciones a manos de autoproclamados «revolucionarios» ha resultado cada vez más en que el estado no produzca bienes públicos, sino males públicos. Por ejemplo, el sistema de administración de justicia, que debe asegurar la igualdad de los ciudadanos ante la ley y asegurar el respeto a sus derechos (protección), ha sido “privatizado” (bien público impuro) por la jerarquía chavista a través de sucesivas reformas y cambios en la composición del poder judicial. Lo hizo su propio bufete de abogados, dedicado a perseguir y sancionar a los disidentes, como un mal público. El desconocimiento de los derechos humanos, otra de sus responsabilidades constitucionales, ha permitido todo tipo de abusos por parte de los cuerpos policiales y militares encargados de «proteger la paz y tranquilidad de los ciudadanos», dando lugar a allanamientos y decomisos en sus allanamientos y una atroz cadena de ejecuciones -concentradas en barrios obreros-, tal y como denuncian Provea, el padre Infante y numerosas ONG de derechos humanos. Un mal público transformado al extremo en fatalidad. Asimismo, la defensa de la soberanía nacional, objetivo fundamental de la FAN, ha sido burlada por militares traidores que han permitido que el país se someta a intereses extranjeros -Cuba, Rusia- y se convierta en canal del narcotráfico.
La degradación del Estado para producir males públicos en lugar de bienes públicos ha sido resultado, fundamentalmente, de la corrupción deliberada de quienes ejercen responsabilidades en sus órganos correspondientes. En un primer momento también incidió la gringola ideológica de los que verdaderamente creían en los cantos de sirena de Chávez. Pero, a estas alturas, los clichés solo sirven para encubrir y tratar de absolver las estafas cometidas contra el país. Hoy tiene sus raíces en la impunidad y en la complicidad compartida entre quienes, desde el poder, se jactaban de saquear la nación. Mientras tanto, además de la inseguridad y la pobreza, los venezolanos sufren el colapso de los servicios.
Es en este contexto en el que debemos evaluar si la situación está mejorando, como pretende afirmar el Gobierno. ¿Se cumplen las condiciones para la venta del 5% o del 10% de las acciones de determinadas empresas públicas, por ejemplo, para salvar su papel de proveedoras de bienes públicos o se trata más bien de un medio de lavado de dinero sucio? ¿Dónde están las reformas en su gestión, la divulgación de sus estados financieros y las garantías para incentivar la inversión privada en estas u otras áreas? ¿Podemos esperar que el levantamiento de ciertas sanciones resulte en la transformación de muchos males públicos en bienes públicos? Desafortunadamente, la reciente “reforma” de la Justicia no ayuda en nada a las garantías y seguridades requeridas para que podamos tener la confianza de que vamos por el buen camino. En cambio, el congreso chavomadurista ahora está presentando un proyecto de ley de cooperación internacional que restringe a las ONG y las amenaza con varias sanciones, pero libera al estado de tener que rendir cuentas por sus actividades de “cooperación internacional”. Es decir, traman otro mal público, en perjuicio de quienes dependen de los servicios -los bienes públicos- de estas ONG.
La lucha por salvar las instituciones democráticas, para que prevalezca el estado de derecho y se respeten plenamente los derechos humanos, no puede detenerse, aunque algunos esperan que la situación mejore. Es obvio que en ningún caso la gestión gubernamental se traduce en un proyecto incluyente, del que todos puedan beneficiarse, y con perspectivas de creciente prosperidad y justicia social. El cambio político no se puede evitar. También es muy importante tener en cuenta que sólo en este marco, con una reforma y una reestructuración del Estado, éste podrá dedicarse a la producción de los bienes públicos que necesita la población. Entre los obstáculos para tal transformación se destacan la falta de independencia del poder judicial y la corrupción del mando militar. Los informes sobre violaciones de derechos humanos y las investigaciones de la Corte Penal Internacional dan fe de sus implicaciones.
La propuesta de algunos de establecer un mecanismo autónomo, con supervisión externa, que asegure que los ingresos petroleros resultantes de un levantamiento negociado de sanciones se canalicen para atender la emergencia humanitaria en el país, es un reconocimiento claro de la necesidad de contar con mecanismos institucionales para prevenir su mal uso para fines perversos. Pero, con un estado como el que tenemos, ¿se puede esperar que beneficie los servicios públicos de salud, educación, seguridad ciudadana, transporte y oportunidades recreativas para los venezolanos?
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