El aparente desinterés de Venezuela en el trágico colapso de su sistema educativo es alarmante. Parece que al gobierno no le interesa, también está ausente de las propuestas de los opositores y la población en las encuestas lo relega al cuarto o quinto lugar. Pero nada tiene efectos tan desastrosos y duraderos como las fallas en la salud y la educación básicas. El estado de las escuelas y universidades públicas hace llorar sobre sus ruinas la miseria del futuro de la mayoría de los venezolanos. Si bien nos han enseñado que la educación es responsabilidad (¿exclusiva?) del Estado y que éste debe pagarla en todos los niveles, en el silencio educativo solo se escucha la débil protesta de algunos docentes, exigiendo que el Estado les pague para vivir. .
¿Quién financia qué? La Constitución establece que sólo la enseñanza “que se imparte en establecimientos públicos es gratuita hasta el grado universitario” (art. 103). Sin embargo, la supuesta financiación total «gratuita» de las universidades con los ojos vendados. Tanto es así que a principios de este siglo en Venezuela más del 40% del presupuesto educativo nacional se destinaba a la universidad pública “gratuita”. Con los lamentables bajos niveles de educación básica.
Ahora que el estado está en bancarrota, las universidades financiadas por el estado vinculadas a él están muriendo, recibiendo menos del 10% de lo que necesitan. Es lógico que protesten y pidan fondos del estado, pero el estado ya no alcanza para mantener la universidad “gratuita”; ni con este gobierno quebrado ni con el próximo empobrecido y se ve obligado a priorizar y buscar otras formas de aporte al costoso presupuesto universitario. La educación “gratuita” debe concentrar su artillería en la batalla para que todos los niños y jóvenes desde el preescolar hasta el final de la secundaria estén inmersos en una educación de calidad; con millones de familias comprometidas con la defensa y mantenimiento de las escuelas de sus hijos. Sin este bien preciado y escaso, dos tercios de la población estarían excluidos de una educación de calidad y alimentarán la pobreza futura del país.
Para salvar la universidad pública. Aferrarse a la universidad pública global “gratuita” es renunciar a su recuperación como universidad y sobre todo excluir a los jóvenes que no tienen los recursos familiares para pagarla. Considero fundamental la contribución de los beneficiarios directos y la aportación de financiación adicional al presupuesto del Estado. Si queremos una Venezuela democrática, y sin pobreza ni exclusión, la universidad debe seguir siendo económicamente accesible para quienes no tienen recursos. Mirando hacia atrás en las buenas décadas de la democracia pujante, vemos un río humano de cientos de miles de estudiantes universitarios de familias de escasos recursos subiendo la escalera más eficaz para salir de la pobreza, poner a prueba su talento y responder así en Venezuela en su paso de lo rural, disperso y atrasado, a lo urbano con una democracia naciente y una responsabilidad ciudadana por un pacto social por el bien común.
La educación es costosa y si no superamos la palabra “gratuita” al más alto nivel, no podremos focalizar recursos y esfuerzos en la calidad y cobertura integral en las etapas preuniversitarias, ni salvar al sector público universitario, aunando en de manera inteligente y diferenciada la contribución (actual o diferida) a su financiamiento de quienes más se benefician: el futuro estudiante de posgrado, las empresas receptoras de académicos, el Estado, las fundaciones nacionales e internacionales, la sociedad…
Por otro lado, se debe desterrar la mentalidad de pozo sin fondo en el gasto universitario a expensas del Estado. La necesidad nos obliga a reducir los repetidores sin prisas y considerando el mantenimiento, la jubilación anticipada del personal antes de los 65 años, el excedente de empleados, el descuido de la productividad universitaria y la venta de sus servicios con un buen nivel competitivo. La universidad gratuita no existe y la necesitamos cubierta por quienes más se benefician. Una buena parte del pago tendrá que ser diferido, con una parte menor de lo que ganarás cuando te gradúes. Por ello, es necesario crear un importante fondo público de crédito educativo, administrado con eficiencia y transparencia privada.
Las carreras cortas no pueden considerarse un refugio sin glamour para aquellos que no lograron llegar a las largas. Hoy en el mundo (y en la crisis venezolana) la tendencia es más bien hacia carreras cortas y de calidad que permitan ingresar temprano al mercado laboral y poder financiar en adelante (combinando trabajo y estudios) una educación continua abierta e ilimitada hasta los niveles superior y superior. niveles más exigentes. Necesitamos un país libre del complejo médico, con millones de jóvenes abrazando lo que la sociedad colonial hace dos siglos despreciaba como “trabajos bajos y serviles”. Naturalmente, hoy estos trabajos deben ser entendidos y cultivados en la gran revolución productiva y cultural que estamos viviendo en el mundo de la sociedad del conocimiento, la transformación digital y la transición energética. Todo ello con una universidad que se pregunta día tras día: ¿qué universidad somos y hacemos y para qué sociedad?
