
Cada libro, como las obras de arte, pierde su unidad y se multiplica a medida que sus lectores son diferentes. Sin escribirlos, acercarse al texto o escudriñar a su creador, crean los suyos propios. Pueden llenar los estantes interminables de una biblioteca, como la de Babilonia. Entonces podríamos decir que en cada escritor hay un pequeño dios. Su creación, al objetivarse, suscita un conocimiento y una admiración diversos y exponenciales, como en una réplica terrestre del espacio exterior.
Al abordar el reciente libro de Antonio Ledezma, de título fúnebre, Tumba, en el que disecciona el secuestro de Venezuela y la maldad radical que allí se posa, trato de sacar lo mejor de ello. ¡Y es sólo digerir los párrafos que hablan de dolor y soledad, es inútil y sería una tragedia por falta de solución si no dejáramos un rayo de esperanza!
“Un preso debe estar preparado para vivir en soledad”, explica Antonio. Luego nos transporta a la rutina del sufrido pueblo caraqueño en las calles aledañas a este Helicoide que le ofrece alojamiento temporal como prisionero de la dictadura. Es “la rutina del dolor que empieza a preparar el alma para pasar el primer aguijón una vez recibida la trágica noticia”, dice, para recrear la situación del doliente que no encuentra ataúd para enterrar a su ser querido, quizás asesinado. por el ahogo de la violencia social.
Encontrar al autor es, pues, la otra cara de la moneda de una buena lectura, que ilumina caminos en el presente y forja utopías alcanzables. Acompañar a Ledezma en su prisión y en su soledad descrita, como único ángulo, es lo peor. Encerraríamos su cuerpo sin acercarnos a su alma. “La sombra de un árbol en una prisión no es agradable, es como un escondite que te saca sin liberarte del recinto donde estás cubierto por las sospechas que te aturden”, se deja llevar- él.
En ella, quién sabe, y mejor que nosotros, la adversidad y cómo afrontarla cuando llega nutrida de amargura, de miseria por parte de los que predican anatemas e imponen castigos por poderes, como el mundo medieval. Descubro en Antonio al hombre que cultiva lo trascendente. No abandona la trinchera de lo humano -es una especie de Agustín de Hipona- y poseedor de una visión antropológica pura, obra de sus duras experiencias. “Más allá de este cerco que limita tu libertad, hay una tierra prometida a la que llegarás más rápidamente si abres tu mente y tu corazón para recibir los mensajes de Dios”, escribe.
A estas alturas, por tanto, para explicar el balance venezolano -nos hemos convertido en la mayor diáspora del planeta- no es necesario escenificar la otra perspectiva; la que nos cosificó y nos hizo tirar, amnésicas monedas, manteniendo nuestra frágil memoria en las tricolores que abrazamos. Antonio lo refiere en esta maravillosa canción de su libro: “Venezuela también se va en las mochilas de los exiliados… y con la luz del sol cada tela tiene los colores de nuestra bandera y cuando llega la noche bajamos los estandartes para que nos envolvamos en su calor.
Aquí está la imagen del contador. “Quien diga que la esposa se va a enojar conmigo o que los hijos se van a alejar de mí, quien tiene esos miedos no puede ser un revolucionario. De nada sirve ser cualquier cosa”, criticó el padre de la destrucción de Venezuela, Hugo Chávez, en 2004. No es casualidad que confiese, antes de perder la vida en La Habana rezando a Nietzsche, que “a veces entro en conflictos terribles con Dios». .
En fin, en su paso de la noche al alba, aceptando que la Providencia y sus impenetrables designios regalan también a sus hijos las nubes, para apreciar mejor la luz del sol cuando alcanza su plenitud, celebro que Antonio, autor de Tumba, con su «memoria de soledad» descubrió que la adversidad cede a las raíces, cuando volvemos la mirada al Génesis. Mientras avanzaba en su odisea, Odiseo guardó el recuerdo de Ítaca y de su Penélope, y de su hijo, encontrando en ellos la fuerza para realizar el regreso.
“Mitzy no es la típica mujer que va detrás de su marido, ni la que se distrae con el ramo de flores que la distingue”… “Siempre ha sido mi compañera a mi lado, como yo con ella también en momentos difíciles que en los más agradables: como cuando, por ejemplo, nacieron nuestras hijas”.
Pour de bonnes raisons, sachant que comme les marcheurs du Darién nous parcourons des chemins inconnus, sans savoir où ils nous mènent, Antonio Ledezma le rend visible, il l’exprime avec sincérité, que nous n’avons qu’une seule option : avancer , avanzar ! «La esperanza inventa cursos».
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