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De la república estética

Schiller y Hegel

«Tu destino ata

lo que el mundo había separado,

todos los hombres se hacen hermanos”

F Schiller

Un partido político o una alianza de partidos políticos que se proponga con genuina responsabilidad construir la estrategia adecuada que permita poner fin a un período histórico marcado por el deslizamiento del populismo del neototalitarismo al gangsterismo, merece – más que comprensión – entender que su objetivo fundamental es superar las formas predominantes de consenso hegemónico que sirvieron de oxígeno -o combustible- al régimen que, aunque en situación de usurpación, terminó convirtiéndose en habitual y normal, al punto de ser identificado, reconocido y aceptado por la mayoría como quien lleva las riendas efectivas del poder político, social y cultural del ser y de la conciencia social. El pretexto de montar un circo al lado de otro circo, con diferentes atracciones, colores y payasos, me parece ridículo y poco atractivo. Cualquier imitación carece de real autenticidad y es, sin duda, la marca de un ingenio limitado, como el que han desplegado hasta ahora los «expertos» en marketing político en Venezuela.

Que sepamos, no hay varitas mágicas, al menos no en política, y si existieron parecen muy raras, sobre todo en un periodo de crisis orgánica como el que estamos viviendo, lejos de la luz de fantasía concreta, atrapada en un agujero de gusano del multiverso y sumergida, como está, en las profundidades del hediondo océano de la posverdad. Intentar jugar a ser más populista que populistas no solo es una tontería, es irresponsable y suicida. Que, por otra parte, el neoliberalismo más austero se presente como la panacea universal para todos los males de una sociedad y una cultura que, desde hace cincuenta años, han hecho del estado del bienestar su modelo «natural» de existencia, además de ser impactante, no es menos suicida. Así, los atractivos de una «clase» política sorprendida en su dislocación, es decir, indefinida, indeterminada, reactiva, acostumbrada a los vaivenes de la vida cotidiana y acostumbrada a no pensar demasiado, conspira no sólo contra sí misma sino contra las estructuras que resuelven los problemas. abismo en el que está sumergida más del ochenta por ciento de su población. Y, por una vez, necesita urgentemente cuestionarse a sí mismo, comprender que no hay atajos, que los caminos verdes son caminos perdidos. Por una vez, pues, se trata de dejar de apostar a las circunstancias, a los ecos lejanos de Sri Lanka o de los últimos acontecimientos argentinos, cuya inoportunidad es estimada eufóricamente por ciertos impetuosos entusiastas como el inicio de la primavera latinoamericana. No hay fortuna sin virtud. Cuando se trata de política, nadie gana el «premio mayor» de la lotería sin mover un dedo, sin hacer un esfuerzo combinado de astucia, preparación e inteligencia, sentándose y esperando que las cosas sucedan. o hasta el atardecer para ver pasar por la choza al «cadáver enemigo» enconado.

Parece más sensato «deshacerse de las ilusiones» e ir «preparados para la batalla», una lucha dura, de resistencia, de tejido continuo y respiración larga, en la que conviene tener presente la compañía de la soledad, más allá del tapping de la solidaridad o la retórica de la comunicación. Una lucha que, por tanto, requiere la perseverancia que el propio Bolívar recomendaba en medio de los peores momentos. Todo esto parte, en primer lugar, de la cuestión de saber por qué. Si la respuesta es obtener el poder bajo la misma estructura jurídico-política de los últimos veintitrés años y mantener políticas económicas y sociales similares, entonces el esfuerzo habrá valido muy poco. El “quita tú para que me ponga” no beneficia en nada a lo que queda del país. El resentimiento y la vendetta son sólo «pasiones tristes», como dice Spinoza, que sólo contribuyen a la disminución del poder del ser social. Si la respuesta es producir un cambio radical en el modelo económico y social, con la imposición de políticas de libre mercado y la privatización de la educación, la salud, la seguridad social y los servicios básicos, entonces se producirá un shock que, en muy poco tiempo , traerá de vuelta al poder al populismo mafioso. Aunque se persiga un «pacto de convivencia» -o una dimisión- por lo que se ha llamado la «vía electoral, pacífica y constitucional», se seguirá jugando la joya demagógica, la más desleal de las hipocresías y no sólo no habrá solución a la crisis pero el régimen narcoterrorista seguirá indefinidamente en el poder. En un territorio sin democracia, con el gobierno secuestrado, sometido a la barbarie brutal de las fuerzas de seguridad, sin derechos humanos, empobrecido material y espiritualmente y con una carta constitucional hecha a la medida del difunto rey desnudo, si no, presa de la La política más cruda y un lenguaje insoportablemente empobrecido, apostar por el engaño –además, por librarse del apodo de “golpista” que les imponen los golpistas– es la garantía de un fracaso anunciado.

Hay otra opción, que sin duda requiere más esfuerzo y más tiempo, pero que enterrará definitivamente la barbarie y le dará al país la grandeza que se merece. Esta es la conformación del proyecto de construcción de una república basada en la educación estética. No construya después de la «salida» de la dieta, pero comience ahora, en der praktischen, porque no habrá salida si no se construye. Toda auténtica poiesis es praxis. La comprensión en uno mismo no puede, no es suficiente. Sólo la barbarie actual nace del entendimiento. Y precisamente, como se trata de la estética, más que del entendimiento y de la razón instrumental, se llega a ella por la sensibilidad y, como argumenta Schiller, nada menos que por el juego, es decir, por lo lúdico, que es capaz de transmitir la alegría más grande. Además, dice el autor de Oda an die Freude Eso es canción alegre, carta de la Novena sinfonía Eso es Sinfonía «Coro» de Ludwig van Beethoven, el himno de Europa. El final fenomenológico es un llamamiento schilleriano: “del cáliz de este reino de los espíritus se desborda para él su infinidad”.

No se decreta ningún cambio en la historia. No es consecuencia de una ley, un mandato o una opinión político-jurídica. Por el contrario, las leyes, opiniones y mandatos, lejos de ser un principio, son el resultado de un largo proceso en el que ha mediado la costumbre –morir sentado-, de dónde viene la ciudadanía o la ética –Sittlichkeit. Pero no se llega al estado ético, a la ética propiamente dicha, sin una formación en la vida estética. Verdad y bondad se abrazan en la estética. La conformación de una república estética es, por tanto, el fruto de una larga jornada de trabajo que exige un profundo cultivo y enriquecimiento del lenguaje y de la acción comunicativa en todas sus posibles formas de representación -lo que, dadas las circunstancias actuales, implica su determinada negación, su Aufgehoben. Se trata de crear una nueva forma de ser, pensar y hablar, que implica una nueva forma de ver, sentir, percibir, interpretar y concebir, mientras se teje la poderosa sociedad red que finalmente conduce a la justicia para los delincuentes. No hay Ethos sin libertad ni libertad sin belleza. En definitiva, se trata de crear una nueva cultura, una nueva forma de producir, una nueva hegemonía basada en el consenso y no en la coerción. Es la ética hermosa, el fundamento de un Estado con instituciones sólidas y creíbles, de armonía entre la sociedad y el individuo, de un orden civil y civilizado, auténticamente libre y democrático. Premisa de cualquier república estética.

@jrherreraucv

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Hildelita Carrera Cedillo

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