AVISO | La escalada de violencia en México: el panorama es sombrío

Nota del editor: Jorge G. Castañeda es colaborador de CNN. Se desempeñó como Secretario de Relaciones Exteriores de México de 2000 a 2003. Actualmente es profesor en la Universidad de Nueva York y su libro más reciente, «America Through Foreign Eyes», fue publicado por Oxford University Press en 2020. Las opiniones expresadas en este comentario son únicamente las del autor Puede encontrar más artículos de opinión en CNNe.com/opinion.

(CNN Español) — En septiembre de 2014, 43 estudiantes normalistas desaparecieron en la localidad de Iguala, en el estado de Guerrero, a unos 100 kilómetros al sureste de la capital mexicana. Nada muy nuevo en México: según el propio gobierno, cerca de 250.000 personas han desaparecido desde 1964. De estas, más de 100.000 no han sido localizadas. Casi todos estos últimos casos ocurrieron entre 2007 y hoy.

Los jóvenes de Ayotzinapa se han convertido en íconos de inseguridad y violencia sin fin. Sellaron para siempre la imagen del gobierno de Enrique Peña Nieto, y hasta el momento continúan las investigaciones para determinar exactamente qué sucedió esa noche en Iguala. Los otros desaparecidos pasan casi… desapercibidos.

El asesinato de dos sacerdotes jesuitas y un guía turístico en la Sierra Tarahumara de Chihuahua, ocurrido la semana pasada, podría convertirse en el momento emblemático de este gobierno. No solo por la naturaleza particularmente cruel y trágica del caso, no solo por la particular naturaleza de las víctimas -miembros de la Compañía de Jesús que habían apoyado a las comunidades de la región durante décadas-, sino también por el contexto de la La violencia y controversia que vive actualmente México por la política del presidente Andrés Manuel López Obrador ante el terrible desafío de la inseguridad y la impunidad.

Entre 2019, el primer año de su mandato, y finales de mayo de 2022, se produjeron en México 118.000 homicidios dolosos, cifra que casi alcanza la de todo el sexenio de Peña Nieto, según el Inegi, y la supera con creces. del mandato de Calderón. El primer año los números aumentaron, el segundo se estabilizaron y a partir de los últimos meses de 2021 y los primeros meses de 2022 comenzaron a disminuir levemente.

Asesinato del periodista mexicano Antonio de la Cruz 1:38

Esto se debió, en parte, a la caída de los homicidios en el estado de Guanajuato, una próspera entidad del centro del país, hasta ahora azotada por una ola de violencia. Si bien los homicidios dolosos disminuyeron de septiembre de 2021 a febrero de 2022 en esta entidad, desde entonces han vuelto a aumentar. Pero la escalada se ha detenido a un nivel nunca visto en la historia moderna de México. Sin embargo, en mayo de este año se reanudaron los homicidios dolosos y durante las primeras semanas de junio aumentaron aún más. El fin de semana del 11 de junio murieron más de 250 personas; el 22 de junio hubo 91 homicidios, una de las cifras más altas del año.

El ataque del 26 de junio contra dos patrullas policiales en el estado de Nuevo León, perpetrado por varios sujetos a bordo de diez camionetas blindadas y que causó seis muertos a pocos kilómetros de la ciudad de Monterrey, constituye una nueva prenda de aumento de la violencia, tanto en número y en su espectacularidad.

El problema es que esto está pasando después de que termine la primera mitad del mandato de López Obrador. Su estrategia de «abrazos, no balazos» no ha funcionado, ni a los ojos de la sociedad ni en los datos empíricos. En todas las encuestas, el ítem de la gestión gubernamental peor evaluado resulta ser el de la inseguridad. Esta estrategia, más allá del eslogan pegadizo pero simplista, consistió -en teoría- en un repliegue de las fuerzas de seguridad hacia una postura más pasiva, con la supuesta idea de atacar las raíces o las causas estructurales de la criminalidad a través de programas sociales.

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El nuevo acercamiento se sintetizó en dos hechos simbólicos: el saludo público de López Obrador a la madre del «Chapo» Guzmán y su apoyo para obtener una visa que le permitiera a la mujer ingresar a Estados Unidos para volver a visitar a su hijo, y la liberación de Ovidio, uno de los hijos del Chapo, tras ser capturado por el ejército en Culiacán hace casi tres años.

La posición de López Obrador no carece de lógica. La estrategia de Calderón y Peña Nieto fue inútil. La violencia continúa, los grandes cárteles como el de Sinaloa, o más recientemente, el Jalisco Nueva Generación, conservan su fuerza, se intensifica la atomización de otros, y el crimen organizado penetra cada vez más en las redes de la delincuencia: extorsión, tráfico de migrantes y mujeres, secuestro, fuel robo, etc La búsqueda de una alternativa parecía razonable.

La cantidad de críticas o lamentaciones por el asesinato de los jesuitas, desde el Papa Francisco hasta el episcopado mexicano, sugiere que la nueva estrategia ha perdido la poca legitimidad que pudo haber tenido antes. La sociedad mexicana quiere que la paz regrese a sus comunidades; a él realmente no le importa si los cárteles traen drogas a los Estados Unidos. Es obvio que López Obrador no pudo, o no quiso, llevar a cabo el tipo de negociación -tácita o formal- con los capos que hubiera dado con todo el problema. Terminó la guerra frontal, ordenó a los militares que no respondieran a provocaciones o incluso ataques de delincuentes o residentes en ciertas áreas, pero no obtuvo nada a cambio. Tiene sentido un intercambio de intereses: que los narcotraficantes exporten droga a Estados Unidos, pero no la vendan en México –en todo caso, la gran mayoría de la droga que se produce en México o transita por el país, es para Estados Unidos– abstenerse de más actividades delictivas y dejen de matarse unos a otros. Este acuerdo implícito puede ser inviable, dada la actual fragmentación de los cárteles. No da la impresión de que ella haya sido tentada.

No es seguro que estemos ya en un punto de inflexión en la presidencia de López Obrador. Es terco e insistió en que no cambiaría de rumbo. Sus detractores lo abruman con denuncias y reclamos, pero aún no hay una alternativa clara a las posiciones de sus antecesores, ni a la suya propia. Estados Unidos observa, consternado por los excesos, el peligro para sus nacionales en México y el aumento de muertes por sobredosis de opioides, la mayoría causadas por fentanilo importado de México. El panorama es sombrío.

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